Se podría decir que no somos personas perfectas. Algunas que otras veces nos levantamos con el pie izquierdo, llegamos tarde siempre a todos los sitios, a veces nos levantamos con caras de zombis, somos tan despistadas que un día dejaremos la cabeza en casa; por no hablar de las broncas continuas de todos los profesores, los castigos y faltas tontas que nos ponen. Todas las veces que tropezamos, que nos equivocamos, que os asombraríais de lo torpes que somos. Perderíamos la cordura aunque estuviésemos con el presidente y os mentiría si os dijera que nadie nos ha visto nunca pensando lo chifladas que somos y que hemos perdido unos cuantos tornillos. Pero, ¿sabéis lo mejor de todo? Que nos da exactamente igual, nos pasamos horas y horas de risas hasta conseguir llorar o que nos duela demasiado la tripa, le sacamos la gracia a cualquier tontería, y si tropezamos, nos levantamos; disfrutamos cada momento, cada segundo como si fuese el último, nos reímos de nuestros propios errores y en muchas ocasiones de nosotras mismas, nos da igual lo que piensen de nosotras, gritamos y luchamos por lo que nos parezca a nosotras correcto aunque sea totalmente lo contrario, creemos demasiado en la suerte, pues es en muchas ocasiones lo único que nos puede salvar cuando estamos en apuros. Y la gente seguramente se preguntará cómo lo hacemos, cómo conseguimos sacarle todo lo bueno a algo oscuro y miserable; y la respuesta es, que ellos lo saben, pero no lo ponen en práctica.

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